En la era de los post (lo postindustrial, lo posthumano, lo postmoderno), la línea está en crisis. Si cogemos un lápiz y esbozamos un trazo sobre un papel, veremos cómo hemos partido de un punto y llegado a otro. Este sencillo trazo, seguramente no muy recto, encierra la representación de la vida en una simple figura — al menos en esta parte del mundo. Nuestro trazo tiene un nacimiento y una serie de puntos por los que pasa antes de morir, antes de que el lápiz se levante del papel, habiendo capturado en su trayectoria unos instantes de tiempo, como si en su recorrido se empeñara por grabarlo. Tal concepción está tan arraigada en nuestra manera de entender el mundo, que la replicamos en todos los estratos en los que nos relacionamos con él, desde los sistemas que diseñamos para mediar con la indómita naturaleza, hasta las cadenas de producción, de montaje, de valor, de información, de recursos. Unas cadenas que nacen, se desarrollan y mueren en el tiempo y en el espacio. Cadenas y los productos que generan, que cumplen su “ciclo de vida”, como si tuvieran un origen discreto y una muerte definitiva.

Y tanto es así, que incluso clasificamos la materia acorde a su grado de transformación, según la “etapa vital” en la que se encuentren. La llamamos materia prima, secundaria, terciaria, pues 1–2–3 es la secuencia elemental sobre la que se asienta nuestro conocimiento, como la línea que comienza en 1, pasa por 2 y llega a 3. Después, la nada: fin del ciclo vital.

Sin embargo, la realidad no es lineal, no va de 1–2–3. Los sucesos no son discretos, los productos no nacen en un momento dado y mueren sin más. Nuestro lenguaje, nuestro pensamiento, nuestra creatividad son claros ejemplos de la complejidad de unos procesos íntimamente imbricados con nuestros afectos, absolutamente condicionados por nuestro contexto. Parece que ahora, al fin, estamos interiorizando cada vez más la magnitud de lo que este cambio de paradigma significa: una realidad que clama por reestructuraciones profundas, nuevas herramientas y marcos mentales radicalmente diferentes que produzcan nuevas subjetividades. En palabras de Gloria Anzaldúa, una realidad tan necesitada de una retórica mestiza que tiene en la tolerancia por la ambigüedad y el respeto por lo desconocido sus pilares fundamentales.

Pensemos, pues, en narrativas y geometrías distintas a la línea. Asumamos, como ya aventurara Nelson Goodman en los 50, que “un objeto es un proceso monótono”, una forma instantánea y particular en la que la materia está ensamblada en un momento concreto. Consensuemos maneras diferentes de asumir la materialidad que nos genera y de relacionarnos con ella. La materia no muere, la materia se transforma, y es a través del esfuerzo consciente por cambiar el discurso que podemos aparcar el régimen de la línea para migrar definitivamente a modelos estructurales basados, ya no en el círculo, sino en la red distribuida que promueva el equilibrio, la restitución y los cuidados.

Quizá una forma de comenzar sea reflexionando sobre qué nueva ética global queremos construir. Y quizá haga falta trabajar este planteamiento, no ya desde una óptica transdiscipinar, sino desde una antidisciplinar, huyendo de categorizaciones rígidas, compartimentos estancos y células aisladas.

No podemos seguir permitiéndonos el lujo de vivir en la ilusión de la línea.

Designer, researcher, humanist. Trying to make the world a bit more meaningful and liveable.

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